jueves, 20 de septiembre de 2018

La librería, de Penelope Fitzgerald



Puede parecer una buena idea inaugurar una pequeña librería en Hardborough, un pueblo de la costa este inglesa donde la actividad cultural se reduce a un ciclo anual de conferencias sobre cuestiones locales que organiza el párroco.

Y puede que la idea aún resulte más atractiva cuando la emprendedora ha trabajado previamente en una gran librería de Londres y, por tanto, conoce el negocio.

Todo ello conforma un escenario idílico, pero La librería, de Penelope Fitzgerald, es cualquier cosa menos bucólica y amable. Su lectura resulta inquietante desde las primeras páginas y parece que la humedad que todo lo corroe en Hardborough salta del texto al lector. Algo extraño e inaprensible flota sobre toda la novela sin que podamos ponerle nombre.

Comencemos por las fuerzas sobrenaturales: Old House, la casa que compra Florence Green para su librería está habitada por un rapper, nombre con el que los lugareños designan a pequeños espíritus algo juguetones que acostumbran a alterar la vida cotidiana en los hogares, y que con sus ruidos y movimientos de muebles atormentará a los clientes de la librería.

Sigamos con la climatología, que hace de los inviernos un largo paréntesis en el que la vida del pueblo queda suspendida en medio de un vendaval que azota la costa y que amenaza con llevarse por delante las pocas infraestructuras que se han logrado mantener. Los breves meses de verano apenas parecen suficientes para que el gasto de los turistas que visitan la costa palíen los destrozos. Tampoco los rayos del sol logran ahuyentar las manchas de humedad y el olor a moho. 
Pero, sin duda, son los habitantes de Hardborough el mayor obstáculo que deberá superar Florence en su empeño librero. Y aquí es donde comienzan sus verdaderos problemas; aunque la mayoría de sus vecinos muestran una frialdad y recelo difícilmente explicables, la oposición a Florence se articula en torno a Violet Gamart, verdadera referencia social en el pueblo. Ser invitado a las veladas en The Stead, su mansión, es la aspiración de quien pretenda ser alguien en el pueblo. Como todos quienes no tienen otro oficio conocido que el de gastar el tiempo que su posición económica les ofrece en exceso, pretende tener interés en mejorar la vida cultural de la comunidad. Pero Florence no encontrará un apoyo en ella, al contrario; Violet entablará una lucha sin cuartel contra la pequeña librería, dedicándole toda su inquina y capacidad de intriga para lograr sus fines.

Y es que el interés de Florence por el negocio literario hace despertar las ambiciones artísticas de la dama. Ni siquiera el edificio que compra mediante un costoso crédito logra esquivar la codicia de Violet. Old House es una casa antigua, en estado casi ruinoso, con mala fama por su activo rapper y con serios problemas de humedades, pero Violet ha decidido que es la ubicación ideal para un centro cultural en el que dar pequeños conciertos y conferencias a su gusto.

La determinación de la librera por llevar a buen fin su negocio soñado tendrá un aliado en la persona de un anciano de porte aristocrático que se alza como contrapoder en el pueblo frente a The Stead. Aunque el anciano ha perdido gran parte de su influencia, tomará partido a favor de Florence, cuya librería se convertirá en el último capítulo de esta lucha casi eterna. 

Una vez visto  el escenario que nos describe la autora, podemos adentrarnos en algunas reflexiones sobre los temas que nos plantea esta espléndida novela. Violet no recela de las librerías, de la literatura o del arte en general; sólo de aquello que escapa a su control. Lo que querría es organizar ella misma los programas y actos que verdaderamente merecen la pena. En pocas palabras, Violet cree que los habitantes de Hardborough precisan de su juicio y buen gusto, de verdadera cultura y se prepara para ofrecerla a través de su propuesta para crear un Centro Cultural.  No es de extrañar que la decisión de Florence de poner a la venta la última y controvertida novela de Vladimir Nabokov, Lolita, sea la disculpa que esperaba Violet para lanzar su ataque final, porque lo que no puede tolerar es que alguien ofrezca a los rudos habitantes de Hardborough la libertad de leer y formarse una opinión de un libro que le disgusta profundamente, aunque no lo haya leído.

Florence no actúa como una provocadora propagandista, siempre manifiesta que no es quien para valorar las obras que vende, tan solo es una comerciante que vende libros, no una crítica literaria. Y esto es lo que Violet denunciará, ya que envolverse en la moral y en los principios es lo que caracteriza a los inmorales y faltos de escrúpulos.

Al igual que algunos reyes españoles encerraban en salas reservadas determinadas pinturas que consideraban podían ser perjudiciales para el común de los mortales, para así poder gozar tan solo ellos de su contemplación (se supone que sin menoscabo de su moralidad),  hay quienes gustan de ejercer de policías de la moralidad e incluso del gusto ajeno, reduciendo al público general a una minoría de edad vergonzante. Por ello no es de extrañar que, en su inmensa sabiduría literaria, Penelope Fitzgerald haya creado el personaje de Christine como ayudante a tiempo parcial de Florence. Pese a ser una niña, es plenamente consciente del papel que desempeña su jefa en el drama cotidiano de Hardborough. Solo ella asumirá conscientemente el riesgo que supone tomar partido por el bando equivocado y, al fin, pagar por ello. 
                                          Penelope Fitzgerald



No es el único ejemplo de talento literario que nos ofrece La librería. Gran parte del texto se construye sobre sutiles diálogos en los que las palabras y su verdadero sentido se disocian aumentando la impresión de sofocante asfixia, de claustrofobia, que emana toda la obra. La hipocresía que impregna las relaciones de los habitantes del pueblo queda magníficamente retratada en el texto a través de silencios y evasivas que van dibujando el mapa real de Hardborough. El ritmo de la narración es otro acierto ya que los episodios se suceden complicando progresivamente la trama hasta llevarnos a su final inevitable.

La editorial Impedimenta ha acertado nuevamente al recuperar a esta autora para el público español presentando la primera traducción a nuestro idioma (a cargo de Ana Bustelo) de este libro, finalista del Premio Booker.

Aunque Hardborough puede representar la resistencia al cambio y la imposición de unos criterios morales por parte de unos pocos, lo cierto es que no debemos juzgar con soberbia a sus habitantes sin antes examinar en cuantas ocasiones nos hemos creído mejores por nuestras opiniones y gustos, cuántas veces hemos jugado el papel de Violet Gamart.
 

miércoles, 13 de junio de 2018

Homenaje a Lorca





Nos despedimos y lo hacemos a lo grande, como procede en este magnífico grupo de hombres y mujeres que componen nuestro club. Antes de la comida de rigor de fin de curso (puesto que también hay que alimentar el cuerpo, no sólo el alma) queremos en esta última sesión del curso homenajear a nuestro admirado, prolífico y universal poeta Federico García Lorca, ya que el pasado 5 de junio se conmemoró el 120 aniversario de su nacimiento. Por ello decidimos dedicar la reunión de hoy a la expresión individual de lo que a cada uno sugiere la figura del poeta: recitaremos algunos de sus versos, recordaremos episodios de su vida, ahondaremos en los temas destacados en sus obras… en fin, no descubriremos nada nuevo pero seguro que disfrutaremos con la evocación. ¡Hasta septiembre, buen verano y felices lecturas!

martes, 29 de mayo de 2018

Las ciegas hormigas, de Ramiro Pinilla



Nadie mejor que Fernando Aramburu para presentar el libro que comentamos hoy en el Club Matinal. Su disección del argumento y de sus personajes así como de la técnica narrativa empleada por su autor es suficiente para introducir la entrada en este blog. Yo no lo podría ampliar ni mucho menos mejorar. Reproducimos, por tanto, el artículo publicado en Babelia el 16 de noviembre de 2016.

Cierto día tormentoso del siglo XX, un carguero inglés encalla en la costa vizcaína de La Galea. Reventado el casco, una gran cantidad de carbón se desparrama “como el pus negro de una herida” por las peñas. Tal es el arranque de Las ciegas hormigas, la novela con la que en 1960 Ramiro Pinilla, escritor hasta entonces desconocido, obtuvo el Premio Nadal.

Son los del relato de Pinilla años de privaciones. La posguerra franquista no se nombra, pero se entrevé a cada trecho de la novela en el orden social descrito. Un número indeterminado de lugareños de Algorta y aledaños se pone en camino para cargar en carros todo el carbón que se pueda. Es una noche inclemente de viento, lluvia y sendas embarradas. Al hormigueo febril se suman los Jauregui (Jáuregui, con tilde, en la edición original), empujados por el laborioso, el inflexible Sabas, patriarca de un viejo caserío.

Sabas Jauregui es tan dueño y señor de los suyos como de la novela de Ramiro Pinilla. De hecho, la desencadena y la sostiene hasta el final con su obsesión por acabar la tarea empezada y con su perseverancia de hierro. No hay adversidad que lo detenga, ni tan siquiera la muerte por despeñamiento de su hijo Fermín, suceso a partir del cual lo que en principio no era sino un hurto justificado por la necesidad se convierte en una empresa de dimensiones épicas. Tampoco hay espacio en Sabas para la culpa. Para ello haría falta una conciencia y, por tanto, una dimensión interior propicia a la actividad reflexiva, lo que obstaculizaría gravemente el trabajo que proporciona al personaje central de la novela su razón de existir.

Las ciegas hormigas incorpora con acierto la técnica narrativa empleada por William Faulkner en Mientras agonizo. El traslado de un cadáver en el carro representa una concomitancia acaso menor. Lo esencial en la novela de Pinilla, como en la de Faulkner, es que la historia consiste en la concatenación de los sucesivos monólogos de quienes participan en ella. Cada cual aporta su particular perspectiva, a excepción de Sabas Jauregui. Todo lo que averiguamos de él nos lo transmiten sus familiares y conocidos, a menudo desde actitudes que le son abiertamente hostiles, que incluso entrañan odio.

La grandeza de la novela coincide con la suya de protagonista que pone en movimiento a los demás actores. Hombre de una pieza, Sabas Jauregui no experimenta transformación alguna en el curso de 300 páginas. No tiene tiempo de ser otro que el que siempre ha sido. Menosprecia el ocio, la locuacidad (que también disgustaba a Pinilla) y cualquier afición improductiva. Y aun se diría que, siendo consciente de las repercusiones nefastas de su ajetreo y del fracaso de su empresa, no se abstendría de repetir idéntica temeridad en el futuro. Su fortaleza narrativa procede del dinamismo de que está dotado, motivo por el que a cuantos caen dentro de su radio de acción (principalmente su esposa, su cuñado y sus hijos) les sucedan las desventuras y peripecias que alimentan la trama de la novela.

Sabas Jauregui ya estaba poseído de joven por la tenacidad. Especialmente ilustrativo se me figura a este respecto el modo como encontró mujer. Ella, Josefa, evoca los tiempos lejanos en que una vez por semana Sabas le pedía baile y ella lo rechazaba. Así durante meses, hasta un día en que, apagadas las bombillas de la plaza, sin música, él la saca a bailar con no muchos miramientos y le comunica sin el menor asomo de ternura que ya ha empezado a hacer la cama y el armario. ¿Resistirse? Josefa lo intenta. Incluso se arrima a otro hombre; pero es inútil oponerse a una fuerza implacable que la arrastra igual que a una raptada al matrimonio.

Sabas Jauregui ni muestra ni comunica sentimientos. Lo mismo que carga sacos de carbón o da de comer a la vaca, engendró a sus cinco hijos, los cuales siempre lo trataron de usted. Es, para todos, inabordable; un poco menos para su predilecto, Ismael, el hijo adolescente sobre quien recae el peso mayor de la narración. Otros hombres tienen amigos; Sabas sólo se relaciona con sus obligaciones. Esta condena al trajín incesante, propio de hormigas, no es incompatible con la astucia. Se le da bien planear, prever, calcular las posibles consecuencias. Luego, enseguida decide. No le queda otro remedio. No tiene otra forma de combatir aquello que más teme: el pensamiento y la duda.
Ahora bien, una cosa es no mostrar afecto y otra no sentirlo. Estaba la madre dolorida junto al hijo muerto y Sabas, de pronto, la besó en silencio. Ismael, que es quien narra la sorprendente escena, dice: “En esta tierra donde vivo, de sentimientos tan escondidos, una forma de mostrar la virilidad o disimular la timidez es la rudeza”. Algo del tesón inquebrantable de Sabas se le debió de pegar a Ramiro Pinilla durante los casi 20 años que estuvo escribiendo su monumental novela Verdes valles, colinas rojas, y también algo del Sabas secretamente afectuoso cuando nos exhortaba (a mí en dos ocasiones) a decirles a nuestros padres que los queríamos antes que fuera demasiado tarde.

Si queréis leer más de este interesante autor (la trilogía Verdes valles, colinas rojas es una buena idea como lectura  para el verano que se aproxima) tenemos sus obras en la biblioteca: bit.ly/RamiroPinilla